jueves, 8 de octubre de 2009

Tomás de Mattos

Porque me comprenden las generales de la ley, ya que conozco a Álvaro Brechner desde que apenas había salido de la adolescencia, puedo asegurar que “Mal día para pescar”, película basada en “Jacob y el otro”, la novela corta de Onetti, viene a estrenarse en el año en el que se conmemora el centenario del nacimiento del gran escritor, no tanto por casualidad, sino por las naturales dificultades que cualquier cineasta uruguayo y más si es joven, deben sortear para realizar su proyecto.

Vivía yo en Tacuarembó –estamos entonces hablando del 2004- y me consta que Álvaro recorría el país buscando, en lugares distintos, escenarios que le permitieran reconstruir una imagen adecuada de Santa María.

A Álvaro lo conocí como escritor y, siendo muy joven, aparte de la pasión por narrar, trasuntaba en su muy precoz madurez, la imprescindible y correlativa pasión por leer. Yo desearía que su opción por la cinematografía no nos prive de un excelente escritor y abrigo la esperanza de que proyectos que no le sea posible filmar se conviertan, por lo menos, dado el más democrático acceso a la creatividad que ofrece la literatura, en muy destacables textos de nuestra narrativa.

En el programa en el que “Sopa de Letras”, el gran emprendimiento cultural de CX 26 Radio Uruguay, festejó su cuarto aniversario, entrevistando en vivo a Brechner y a Gary Piquer, co-guionista y actor protagónico del filme, en la Sala José Pedro Varela de la Biblioteca Nacional, Mariana Amieva, especialista en las relaciones entre cine y literatura, puntualizó que toda película que filme una novela previa, más que adaptarla la traspone.

No es, por supuesto, lo mismo filmar un guión escrito que una novela o un cuento. El primero, por ser tal, ya prevé las posibilidades y las dificultades de expresión que reserva el cine para tramar una historia. Un texto narrativo, en cambio apunta exclusivamente a la solución de los problemas y al aprovechamiento de las ventajas que plantea u ofrece la palabra escrita. El discurso cinematográfico es una sucesión irreversible de imágenes audiovisuales que son contempladas instantáneamente y que para mantener cautiva la atención del público requiere un ritmo intenso, sin los remansos que –a veces- permite la escritura y que dispone mucho menos del auxilio de la imaginación de los espectadores.

Filmar una narración escrita no es, entonces, una adaptación, algo así tan sólo como traducir un texto de un idioma a otro, lo que por cierto ya es muy arduo. Entre el cine y la literatura hay una separación mucho menos permeable, porque la produce una diferencia esencial. No son lenguajes o idiomas que sólo difieran en la gramática y en las palabras, sino artes radicalmente distintos, que operan con insumos narrativos y exigencias económicas muy disímiles, y en entornos de captación casi antagónicos

El mero hecho de que, sin dejar de explicitar que se basa en uno de las novelas cortas más célebres de Onetti, se haya optado por no aprovechar el connatural atractivo que le daría mantener su título y se le haya cambiado por otro muy disímil, marca y previene que se estará ante una narración distinta.

Torpe sería, pues, sentarse ante la pantalla esperando presenciar en ella las mismas imágenes que suscita la lectura de la novela y medir su mérito en la escala de la fidelidad que mantiene ante el texto.

Sin embargo, a pesar de esta barrera insalvable, es muy elogiable la coincidencia de atmósfera que suscitan la novela de Onetti y el filme de Brechner. Hay, tras el guión, una lectura muy penetrante de la obra que permite desde un principio recrear y mantener no sólo el ambiente de ciudad provinciana y muy probablemente rioplatense de la mítica Santa María, la carnalidad siempre vulnerable de todos y cada uno de los personajes y la tensión de la trama con su trampa que va apretando cada vez más al dúo de los protagonistas sino también, lo que es más importante, el desenvolvimiento del dilema a la vez tan cervantino y tan onettiano de una realidad que se niega a ser manipulada o fabulada de acuerdo a las expectativas y necesidades humanas, resquebrajando todos los embustes y encerrando, cada vez más, a Jacob y el otro en un cuadrilátero que enmarcará un duelo que inexorablemente salvará la existencia del victorioso y derrumbará la del perdidoso.

No es posible entrar en detalles, sin arruinar la impresión del lector que no tenga vista una película que recién comenzó a ser exhibida el pasado fin de semana, pero me parece un gran acierto de “Mal día para pescar” la consecución de tres planos en que pueda ser contemplada la película, sin que ninguno interfiera o conspire contra el otro.

En superficie, tal como lo ha declarado reiteradamente Brechner, es una aventura amena y original, que sigue las leyes del “thriller” o hasta de un “western” sin botas, caballos y revólveres, con un desenlace que el mismo principio de la película anticipa que será agónico por no decir mortífero. Una aventura que comienza y mantiene casi hasta el final pasos de comedia pero que desde el inicio se sabe que terminará en tragedia. Una aventura que transcurre en un lugar exótico y mítico, pero que tiene una trama de interés universal.

En un plano intermedio, el suspenso que crea la historia se sostiene por medios de intachable verosimilitud. Y no me refiero sólo a la anécdota sino también a las motivaciones de cada uno de los personajes y de sus reacciones ante los sucesos imprevisibles que para sus respectivas raigambre onettiana, son antihéroes –es decir, gente condenada a ser derrotada por el avance de sus vidas-, dentro los cuales no hay ninguno, como suele ocurrir en el entorno de Santa María, que no se gane la simpatía y la piedad del espectador, incluida la “mujer chiquita”, la novia incitadora del desafío, que en el texto literario, por su contumaz agresividad y desesperada codicia, parece ser la más desfavorecida.

Y en el plano más profundo, la fidelidad a la “verdad” que desvelaba al escritor, le permite conservar la riqueza mítica y simbólica que a la novela le ha hallado la crítica internacional, descubriendo resonancias de los relatos mesopotámicos de Gilgamesh o del duelo bíblico de Jacob con el Ángel del Altísimo y recurrencias temáticas que se consideran vertebrales en todas las obras de Onetti.

La audacia innegable de afrontar la trasposición al cine de una obra maestra y compleja llega al extremo de ir un poco más allá de lo que, en las palabras escritas, es su reticente conclusión. Pero esas prolongaciones, que son dos, resultan legítimas, aunque en distinto grado. Tampoco las puedo detallar, pero una no es más que una mera pero muy pertinente inferencia del impacto que la vivencia y las revelaciones acaecidas en Santa María producirá en la relación entre Jacob, el luchador, y Orsini, su representante. La otra es un imprevisto gesto de generosidad, muy bogartiano, que aunque más innovador, supongo que sería consentido por Onetti, porque no deja de tener –quién podrá afirmarlo o negarlo- una motivación ambigua. Ambas sintonizan mucho con la melancólica pero, en el fondo, enternecida atmósfera de Santa María.

En suma: “Mal día para pescar” me parece una de las principales muestras de la incipiente pujanza del cine uruguayo y, también, una muy significativa inflexión en esta, su última exitosa etapa.

En efecto, dista de ser una película minimalista, donde lo más importante sea lo que no ocurre o tarda en ocurrir. Muy por el contrario, la paleta de Brechner y su co-guionista Piquer no teme ser alta, dinámica, y de muy variados matices. Todos sus personajes son audaces y emprendedores; ninguno se ha rendido nunca ni nada lo arredra.

Y, sin duda, llamará en el mundo la atención sobre Onetti, abriendo una de las mejores puertas para quedar atrapado en esa obra compleja y fascinante. Es, no habiéndose propuesto serlo, uno de los más eficaces homenajes del “Año Onetti”.

Tomás de Mattos, director de la Biblioteca Nacional de Uruguay

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